“Solo quería salir de este infierno”

Una joven francesa conoció la dura realidad mexicana en apenas unos días: fue detenida en Oaxaca por la policía estatal, que le fincó un proceso con testimonios y cargos inventados, y después la entregó a la autoridad migratoria para que la deportara. En entrevista, Sarah relata la tortura psicológica a la que fue sometida por la policía y denuncia la falta de interés que mostró por su caso el consulado de su país en el Distrito Federal.

PARÍS.- El pasado 27 de noviembre a las 4 de la tarde, la vida de Sarah Ilitch Weldon se convirtió en una pesadilla. Junto con dos mexicanos se dirigía a la colonia Rosario, en la ciudad de Oaxaca, para después regresar al Distrito Federal. “De repente vimos varios vehículos de la Policía Preventiva Estatal –cuenta–; recuerdo a una pick up y una cuatro por cuatro. Los policías se nos quedaron mirando y el convoy se paró. “Había gente en la calle. Las tiendas estaban abiertas. No hacíamos nada sino caminar. En pocos segundos unos 15 policías nos rodearon. Un hombre vestido de civil surgió de no sé dónde y me señaló con el dedo: ‘A ella la reconozco, la vi en una barricada’, gritó. Repliqué: ‘Soy francesa, pero no tengo el pasaporte conmigo’.

Los policías examinaron las credenciales de mis cuates y nos subieron a los tres a la pick up.” Según su relato, a partir de ese instante y hasta el día de su expulsión de México, el 1 de diciembre, Sarah Ilitch Weldon fue llevada de un lugar de detención a otro, primero en Oaxaca y luego en el Distrito Federal. No fue maltratada físicamente, pero sufrió fuerte presión psicológica. No se le permitió llamar por teléfono a la embajada de Francia ni a su familia. Tampoco tuvo contacto con un abogado. A lo largo de tres días no supo nunca cuál iba a ser su destino. Esa joven de 22 años, oriunda de Niza, sur de Francia, llevaba un poco más de dos meses en México.

Explica que estudiaba ciencias políticas en la Universidad de Valencia, España, en el marco del programa Erasmus de la Unión Europea. A mediados de año decidió dar otro rumbo a su vida y cumplir un sueño: conocer América Latina. Trabajó como mesera en una taberna de Barcelona, ahorró dinero y salió para México junto con una amiga. Más de dos semanas después de los hechos, su voz sigue siendo febril cuando cuenta lo que vivió. En el prolongado relato de su experiencia, casi hora por hora, destacan denuncias graves: “Primero nos llevaron al centro de la Policía Preventiva en las afueras de Oaxaca. Nos quitaron todos nuestros efectos personales y nos encerraron en una celda.

Un policía no dejaba de preguntarnos: ¿Cuánto les pagaron? ¿Cuánto les pagaron? “Nos separaron. Metieron a mis dos compañeros en una celda y me dejaron sola en otra. Pasé una visita médica superficial. Luego me encerraron de nuevo. De vez en cuando llegaban policías que me decían: ‘Tus amigos confesaron que tiraste cocteles molotov contra varios coches’, o ‘ahora dicen que también incendiaste una casa’”.  Sarah Ilitch se preocupó más y más. “Ya bien entrada la noche, los policías sacaron a mis compañeros para interrogarlos –subraya–. Oí cómo los golpeaban. A través de las rejas los entreví. Después me vinieron a buscar. No me golpearon, me metieron en una sala oscura.

Me empujaron contra una pared; cinco policías encapuchados me rodeaban. “Uno me cegó con una luz muy fuerte al tiempo que me grababa con una cámara de video. Una mujer me interrogaba, era la más dura. Otro policía la agarraba como para evitar que se me echara encima. Un cuarto tenía una grabadora en la mano y el quinto no hacía nada. En todas sus preguntas la mujer buscaba inducir mis respuestas. Quería que confesara que había estado en las barricadas y participado en los enfrentamientos. También me preguntaba sobre mis compañeros. Yo estaba aterrada, pero logré no dejarme intimidar.” Según Sarah, un poco más tarde, en la madrugada del día 28, los policías llevaron a los tres jóvenes a una oficina y les pidieron firmar hojas en blanco.

“Del otro lado de la hoja se veían cosas escritas a máquina, pero no tuvimos derecho a leer nada. Pregunté qué iba a firmar. ‘Tu orden de salida’, me contestaron, sin permitirme dar vuelta a la hoja. Los tres firmamos”, narra. La joven francesa cuenta cómo fue trasladada en pick up junto con sus dos compañeros, primero a una pequeña instalación en el centro de Oaxaca y luego a otra de la policía ministerial, donde llegaron a las 6 de la mañana. Por la tarde del 28 de noviembre Sarah Ilitch entendió que su situación iba empeorando: “Me llevaron a una oficina que llamaban mesa cuatro, en la que alguien estaba fotografiando mis objetos personales dispuestos en una silla.

De repente vi que habían colocado una resortera y dos bolsas de canicas al lado de mis pulseras y mis medicinas. Me espanté. A las 6 de la tarde me llevaron de nuevo a la mesa cuatro. Un oficial me leyó la declaración de cuatro policías que supuestamente me habían detenido a las 8 de la noche del 27 de noviembre. Lo único exacto era el nombre de la calle.” Los testimonios de los policías la dejaron helada: “Afirmaban que nos habían sorprendido a mis amigos y a mí quemando una motocicleta robada a un policía, que gritábamos consignas hostiles al gobernador y que incitábamos a la gente a rebelarse.

Aseguraban que mis compañeros les habían tirado canicas y yo piedras, que habían logrado sujetarnos y que encontraron en mi bolsa cinco cocteles molotov, tres pasamontañas negros y tres gafetes de la APPO con nuestros nombres. “El oficial me dijo que se me acusaba de sedición, rebelión, conspiración, daños por incendio, robo, obstrucción al orden público y agresión contra representantes del orden público. “Protesté. Me defendí. En vano. Rehusé hacer una declaración escrita. En el formulario administrativo que me presentó el oficial me percaté de que se mencionaba la presencia de un abogado, que nunca vi.”

El laberinto migratorio

A las 9:30 de la noche hubo un nuevo traslado. Los llevaron a un centro de detención penal. “Estábamos totalmente desesperados. Sabíamos que pasaban cosas horribles en la cárcel. Se llevaron a mis compañeros. A las 11 de la noche, los policías me entregaron a agentes de migración. Éstos me condujeron primero a su oficina en Oaxaca, luego me subieron a una camioneta oficial y me llevaron al Distrito Federal, adonde llegamos a las 5 de la mañana del día 29. Acabé en el centro de detención migratoria de Iztapalapa”, relata. En el curso de la mañana dos agentes de migración acompañaron a la joven a la Embajada de Francia. “En el viaje que hice por Guerrero, antes de llegar a Oaxaca, me habían robado todas mis pertenencias, incluyendo mi pasaporte.

A mediados de noviembre la embajada me entregó un nuevo pasaporte, que escondí en casa de una amiga en Oaxaca. Viendo los cargos que habían inventado contra mí, no quise mencionar el nombre de mi amiga para no causarle problemas. Fue por esa razón que los agentes de migración tuvieron que llevarme a la embajada. Necesitaban identificarme y pedir un salvoconducto para poder deportarme”. Lo que narra Sarah Ilitch de su entrevista con la vicecónsul de Francia en México no es muy halagador para la diplomacia francesa: “Los dos agentes de migración que me custodiaban se metieron en la oficina misma del consulado, donde un funcionario sacó un salvoconducto a mi nombre. No me soltaban.

La vicecónsul exigió hablar a solas conmigo. Me regañó porque no me había fijado que la embajada aconsejaba a los franceses no viajar a Oaxaca. Me dijo que desde hacía tres días sabía de mi desaparición, pero que nunca había sido contactada por las autoridades mexicanas. Me pidió un relato oral y escrito de mi detención. No propuso ayudarme; por el contrario, dijo que no podía hacer nada. Y no le pedí auxilio tampoco, porque sólo a mi regreso a Francia me enteré de que la embajada tenia ciertas obligaciones.” La vicecónsul le permitió hablar por teléfono a su madre en Niza y a unos amigos que vivían cerca de la sede diplomática. Fueron las primeras llamadas que Sarah pudo hacer a lo largo de su detención. Sarah Ilitch siguió encerrada en el centro de detención migratoria de Iztapalapa, sin acceso al teléfono y sin que nadie le dijera qué iba a pasar con ella. “No era difícil suponer que me iban a deportar, pero no se me informaba.

Yo recordaba los cargos muy pesados que habían inventado en mi contra, pero nadie los volvía a mencionar. En una oportunidad se aludió al artículo 33, que no conocía. Entendí que era algo que tenía que ver con mi estatuto migratorio.” Una luz de esperanza apareció en su horizonte el 30 de noviembre: “Me llevaron a la Oficina de los Dere-chos Humanos del centro de detención. Un representante de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos me pidió que le contara lo que me había pasado y me propuso poner una queja ante ese organismo por la violación de mis derechos en los distintos lugares donde se me había detenido. Lo hice. Pero estaba tan perturbada por todo lo que me había pasado, que no denuncié las condiciones mismas de mi detención, que fue totalmente arbitraria”.

En esa misma oficina, Sarah Ilitch conoció a un representante de la organización no gubernamental Sin Fronteras, que se presentó como su abogado. Había sido comisionado por amigos de la joven. “Me dijo que yo podía recurrir a un amparo para bloquear mi expulsión mientras se investigaba mi caso. Rechacé de inmediato esa posibilidad. Quería salir de ese infierno cuanto antes y regresar a mi tierra. Después de esa entrevista me permitieron llamar por teléfono…”. A la mañana siguiente, la joven fue llevada a otra oficina, donde le tocó firmar muchos papeles administrativos que no tuvo tiempo de leer con calma. Volvió a ver algo relacionado con el artículo 33. “No vi documento alguno que hiciera referencia a mis días de detención. Pregunté cuáles eran los cargos en mi contra, cuándo me iban a deportar, si se me iban a prohibir regresar a México definitivamente o sólo por un tiempo.

Nadie me contestaba. Finalmente un agente de migración me dijo que una vez en Francia tendría que contactar al consulado mexicano en París para conocer mi situación jurídica. “Justo cuando estaba acabando todos estos trámites, llegaron dos funcionarias de migración. Me anunciaron que me iban a custodiar hasta París. Tenían mi expediente. Nos fuimos al aeropuerto y tomamos el vuelo de Aeroméxico a las 3:30 de la tarde. En el viaje platicamos. No eran malas personas pero, la verdad, teníamos puntos de vista bastante divergentes sobre muchas cosas. Lo que más me sorprendió es que me pidieran ser su guía de turistas en París, donde les tocaba pasar 24 horas antes de regresar a México. Me negué rotundamente.” El 2 de diciembre Sarah Ilitch Weldon llegó al aeropuerto de Roissy con la ropa que llevaba puesta desde el 27 de noviembre, cuando la detuvieron en Oaxaca. Sus zapatos seguían sin cordones, no tenía un centavo. Las funcionarias mexicanas de migración le pagaron su boleto de tren hasta París. Se separaron en la estación del metro más cercana a la catedral de Notre Dame. El único documento que conserva de esos sucesos es su salvoconducto.

Fuente: “Solo quería salir de este infierno” Anne Marie Mergier. Proceso No. 1572, 17 de diciembre de 2006.

Publicado en 2006, Archivo, Diciembre, Documentos Etiquetado con: , , , , ,
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